sábado, 14 de octubre de 2017

GUERRA, ALIANZA, ESTADO MUNDIAL



     No cabe duda de que el objetivo primordial de la llamada a una “alianza de civilizaciones” es la abolición del fenómeno de la “guerra”. La guerra es un término que se pronuncia a disgusto, pero creo que refiriéndose a ella es como se encuentra la clave para juzgar la viabilidad de esta propuesta.

Desde que el pasado del género humano es constatable hasta el moderno orden internacional de estados, la guerra está presente entre nosotros. Actualmente en forma de guerras locales, artificialmente limitadas por las grandes potencias, o como una posibilidad de guerra ilimitada, llevada a cabo con armas de destrucción masiva, por la cual la aniquilación de los habitantes de un país, o incluso de toda la humanidad, ha dejado de ser una visión apocalíptica, para pasar a ser una posibilidad de la acción humana, ciertamente descabellada, pero concreta y alcanzable.

La guerra, que nos estremece como forma sangrienta de realización de los fines del Estado, ha de considerarse, sin embargo, una adquisición en el transcurso de la historia. Es una institución generalmente reconocida, que se manifiesta en el mundo actual en el mantenimiento de ejércitos permanentes (anclado en el art 8.1 CE, en el caso español), y en la política de armamento. Como institución reconocida en vida interestatal, le es esencial que sea conducida conforme a determinadas reglas: la guerra no estalla, sino que se “declara”, es decir, es introducida mediante una ceremonia estatal, y la situación bélica, si no está planteada como una guerra de aniquilación, se somete a determinadas reglas, para concluir con una segunda ceremonia: el tratado de paz. Consecuentemente, en su significado tradicional, la guerra es una mera prosecución de la política.

Sin embargo, la historia de la guerra, desde las experiencias de la “época heroica” hasta el actual grado de perfección de la “época tecnológica”, puede parecer la historia de una progresiva decadencia hasta llegar a la más extrema perversión. La lucha, concebida como el acontecimiento en el que se miden las fuerzas de los combatientes, desaparece, y con ella, la idea de que en el combate el otro se me presenta como yo a él. Se quita, o al menos se aligera, la carga de tener que matar. Ya no deciden la victoria la valentía y la fuerza, unidas a la estrategia, el armamento y la fortuna, sino sólo la superioridad de los medios bélicos tecnológicamente perfeccionados, e incluso la aniquilación masiva de no combatientes (se ha afirmado que el lanzamiento de la funesta bomba atómica sobre Hiroshima fue vivida por la tripulación del avión B-29 Enola Gay como un número de feria).

Las posibilidades de futuro contenidas en esta situación se reducen a la hipótesis contenida en el Manifiesto Einstein-Russel, presentado en Londres en 1955: “co-existence or no existente”, según el cual, el sentido de la guerra queda vaciado de su fin político esencial. Con ello se abre la vía a las operaciones de mantenimiento de la paz y a las misiones humanitarias en las que se ocupan los ejércitos. Por ella, paralelamente, discurren intervenciones de controvertida legitimidad, como es el caso de Irak, que remiten a la pregunta: ¿en qué se basa una gran potencia o una alianza militar para intervenir en un Estado soberano con una identidad cultural y un ritmo vital autónomo? La única respuesta a esta pregunta que la razón y la conciencia pueden admitir ha de justificar que los invasores representan no a sí mismos, sino a la humanidad y al interés general del hombre. Esta convicción, sin embargo, no puede suministrarla el hecho bruto de ostentar el poder para intervenir, sino que ha de tomar en consideración las comunidades de fe y cultura –la diversidad de civilizaciones- que se supraordenan a las estructuras de poder y al modo de ejercerlo. En ellas rigen principios diversos, y con frecuencia no coincidentes, en los que se funda una existencia que se considera digna del hombre. Ello nos introduce de lleno en la cuestión suscitada sobre la posibilidad de promover una “alianza de civilizaciones” que sirva de punto de apoyo sobre el cual fundamentar un orden de paz duradero en el orden internacional de Estados, arrancando incluso las armas atómicas a los ingenieros  de la aniquilación.

Parece evidente que esta situación ideal de cierre de la guerra en el ámbito de las posibilidades de actuación humana exige la superación del Estado como forma dominante de organización humana en una futura sociedad total. Ello se debe a que en la vida entre los estados, si pueden establecerse relaciones pacíficas conforme a derecho, no se ve cómo puede crearse una seguridad incondicionalmente estable contra la ruptura del orden de paz en un conflicto de intereses vitales. Si la estabilidad de un orden de paz interestatal admite la menor duda, ninguno de los que participan en él destruirá sus armas, proscribirá su industria de armamento y hará decaer las ciencias de la estrategia y la logística. Sin la superación del Estado, la guerra seguiría siendo una institución públicamente reconocida, pues no bastaría la existencia de un grado de verosimilitud que despierte suficiente confianza, si de eliminar la guerra se trata y no simplemente de establecer un deber de contención.

La “alianza de civilizaciones” como instrumento de un orden de paz perpetuo exige su transformación en un Estado mundial y la unidad de gobierno mediante la renuncia de la pluralidad de estados a su soberanía constitutiva. Para imaginar y poder asumir como una meta digna de crédito esa monstruosa “monópolis”, su impulso sólo puede radicar en una voluntad común de la humanidad que mantenga la conciencia clara y activa de constituir una sola familia humana, por encima de la tradición milenaria de la que se alimentan las diferentes civilizaciones. Y esto es, precisamente, lo que se promueve con la llamada del Gobierno a una alianza.

A mi juicio, esta propuesta puede ser censurada por su “utopismo”. La amenaza de muerte, unida a la advertencia de transformar la conciencia política mediante una alianza mundial como condición para conservar la vida, no se dirige al individuo sino a la humanidad como colectivo. Ello presupone que el individuo ya es consciente de su solidaridad con la humanidad, que es precisamente lo que se pretende alcanzar. La llamada a la alianza presupone que la preocupación del hombre por sí mismo supera el ámbito de lo político, lo que repetidamente desmienten los atentados suicidas, y, de esta forma, utiliza el sistema de creencias del individuo como instrumento de la acción política misma, implantando un deber de solidaridad a fin de evitar la catástrofe política total. Con ello se desconoce la primacía del mundo de la fe y de la cultura que identifica a cada civilización y que está situado por encima del poder político estatal.

Es cierto que el hombre y la mujer pueden cambiar, y que esa transformación puede tener como consecuencia que le resulte imposible, incluso bajo amenaza, alzar la mano contra un semejante. El sermón del Bautista: ¡Convertiros! (Mt. Cap. 3), como también cualquier otra exhortación a filosofar o predicación que estimule las conciencias, se dirige a todos los individuos. Pero también, en otro lugar del mismo texto se indica: “el que tenga oídos para oír, que oiga” (Lc. Cap. 8, 8), y con ello se alude a unos pocos que son capaces de oír. La llamada a la alianza de civilizaciones aspira al ideal utópico de transformar la conciencia política del género humano en su conjunto, o si no, funciona como un velo retórico que pueda tapar un régimen de poder total que en vez de servir como refugio de paz de los pueblos, sea el monstruo, todavía inexistente, de un imperio mundial, peor en su tiranía que la denunciada por los visionarios apocalípticos con sus referencias a Babilonia, al reino de los medos y de los persas, o al dominio de los seléucidas y los romanos. Se presentaría una situación en la que sería dudoso que fuera preferible a la guerra, ya que el hombre y la mujer, si han de seguir siendo lo que son, habrían de rebelarse contra esa autocreada tutela, y la guerra continuaría existiendo en forma de contienda civil o de acción policial.


La viabilidad de la alianza de civilizaciones como programa para la paz impone creer en lo increíble, al contar, no con los hombres y mujeres de carne y hueso, sino con prototipos que no han llegado todavía a ser humanos. Concluyo diciendo que, por lo que hace a la paz, no queda más remedio que volver la mirada a aquellos que merecen el verdadero premio de la paz al haber convertido su sabiduría política en sabiduría protectora, y, en cuanto hombres y mujeres que piensan y actúan en la realidad de este mundo, se preocuparon más por la buena marcha y contención de ese “dios mortal” que es el Estado, al que, en palabras de Hobbes: “bajo el Dios inmortal le debemos nuestra paz y defensa” (Leviatán, II, 17). Sin embargo, parece que nuestros gobernantes prefieren acompañar al estribillo de John Lennon, cuando canta: “You may say I'm a dreamer / but I'm not the only one / I hope someday you'll join us / and the world will be as one”.

Guillermo Díaz Pintos
Publicado en El Día de Ciudad Real (3/11/2006)

viernes, 22 de septiembre de 2017

EL CIELO OSCURO

Acto de clausura del Seminario: La bóveda celeste como recurso científico, cultural, mediambiental y turístico

Cuarto Real de Santo Domingo. Granada (18 - 22/09/2017)

Buenos días:

      Se me ha asignado a mí asistir a la clausura de este Curso de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo sobre la Bóveda Celeste como recurso científico, cultural, medioambiental y turístico, dirigido por José Manuel Vilchez, con la colaboración de Alicia Pelegrina, secretaria del curso, a quienes agradezco, en nombre del Rector Cesar Nombela, haberlo promovido.

Cuando leí en el programa del curso que su principal objetivo consistía en ahondar en el conocimiento sobre la conservación y preservación del CIELO OSCURO, me extrañó, por mi ignorancia sobre la materia, que se pudieran emparejar ambos términos, pues siempre había considerado el Cielo como el lugar en el que resplandece la Luz Pura, al que todos aspiramos llegar después de atravesar las sombras que nos acompañan mientras transitamos por este mundo azacanado. Cielo y Oscuro me parecieron, de entrada, términos refractarios entre sí.

Sin embargo, reflexionando ayer, mientras viajaba hasta esta Granada la Bella, caí en la cuenta de que el CIELO OSCURO es, precisamente, la manifestación de LO ETERNO, de lo que resiste al trajín del tiempo que a cada uno le toca vivir.

Si hacemos un poco de memoria, cada uno podrá comprobar que su vida consiste en una mezcla de acontecimientos azarosos entre los que se intenta acomodar, para reconocerse en ellos a medida que va construyendo su propia personalidad. En mi caso, ¿Quién es Guillermo? sino una barca a la deriva en el proceloso mar del tiempo, en la que aspiro arribar a un puerto seguro en el que poderme refugiar, ya sin el temor a perder una identidad más o menos lograda.

Pero, entonces, miro al cielo estrellado y me encuentro con el MOVIMIENTO DE LAS ESFERAS ASTRALES, siempre igual y resistente a los avatares ligados al paso del tiempo. La dinámica de este movimiento lo reafirma, insistiendo en lo que es, sin amenaza de cambio ni alteración. Un movimiento perfecto, matemáticamente consolidado por Kepler. Desde el punto de vista semántico, FIRMAMENTO connota solidez, lo que tiene la suficiente consistencia para mantenerse, de manera que el tiempo pasa, pero a él no le toca ni lo cambia.

Por eso, los primeros filósofos fueron astrónomos, porque descubrieron LO INTEMPORAL en el cielo estrellado, en donde, según ellos, habita la Verdad que fundamenta la existencia del Cosmos, que denominaron physis y está ausente en la Caverna, en ese oscuro flujo temporal en el que se desenvuelven y se desvanecen nuestras vidas. Para Platón las ideas tenían un topos, al que llamó URANOS. El lugar de la Verdad era para él el lugar celeste, y, más recientemente, a Kant dos cosas despertaban su admiración: “el cielo estrellado fuera de mí y el sentido del deber que está en mí”.

Con estas reflexiones, durante el viaje que me ha traído hasta aquí, me he convencido de la necesidad de conservar y preservar el CIELO OSCURO, dos términos que han dejado de oponerse entre sí, como pensaba antes de venir, y que ha sido el objeto de este Curso, pero no solo como recurso económico, turístico, patrimonial y científico, sino, además, como una necesidad existencial para aliviar, contemplándolo en el silencio y la oscuridad de la noche, esa melancolía que a veces nos inunda ante la dificultad de alcanzar la plenitud que esforzadamente buscamos durante  el transcurso de nuestra vida en el tiempo.

Termino reiterando mi agradecimiento al director ya la secretaria del Curso por su organización, con la intervención de destacados ponentes, a la empresa de educación y turismo científico Azimuth por su inestimable colaboración, y a todos Vds. por su participación, que espero haya enriquecido sus conocimientos y abierto líneas de colaboración en el futuro.

A continuación procederemos a la entrega de sus merecidos diplomas de asistencia y, con ello, queda clausurado el Curso.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Retos para un nuevo humanismo


Acto de Clausura de la IV Escuela de Humanidades, Metafísica y Mística “Fernando Rielo”. Retos para un nuevo humanismo. Pensamiento, Arte y Educación (21/07/2017)

Buenas tardes:

Comparezco ante Vds., a la vera de Mons. Manuel Sánchez, Obispo de Santander y compartiendo mesa con mis queridos amigos Juana Sánchez-Gey, directora de la Escuela y el Sr. D. Jesús Fernández, Presidente del Instituto ID de Misioneros Identes, debido a un contra-tiempo que ha impedido que el Jefe de Gabinete del Rector esté aquí para clausurar el Encuentro, como inicialmente estaba previsto.

Les ruego, por tanto, que se muestren benévolos con lo que, improvisadamente, les diré, con el programa de este Encuentro sobre Los retos de un nuevo humanismo recién leído, un tema que habrá sido abordado a la altura de su importancia y complejidad por todos Vds., y al que poco podré añadir a lo que aquí ya se haya dicho.

A mi modo de ver, el “humanismo” consiste en el encarrilarse del hombre y la mujer en un proceso orientado a la conquista de la propia identidad y a lograr el desvelamiento y la posesión del propio ser que, a diferencia del resto de las especies animales, no hemos recibido al completo. En otras especies los individuos están definidos de antemano por su condición específica, pues es evidente que ningún perro aspira más que a la “perrez”, y la “perrez” es lo que lo identifica sin residuo y da sentido a todo su comportamiento. Pero en el caso del hombre, el sujeto necesita conocer y seguir unas disciplinas, a las que denominamos “humanidades”, para poder alcanzar nuestra característica “humanidad”, porque aunque tengamos una experiencia cierta del “yo”, en ella no se agota lo que cada uno es, como lo demuestra la frenética e incesante actividad para alcanzar objetivos que apaguen nuestra inagotable ansia de felicidad, muy distinta al simple objetivo de estar satisfecho, que es lo propio del animal. Parece que el simple hecho de ser hombre o mujer no es suficiente para nosotros, como ser gato o perro sí lo es para los afortunados individuos de estas otras especies, tan animales como la nuestra.

Y creo que en el espíritu que anima a los Misionero Identes se encuentra la clave para alcanzar la plenitud que no encontramos en este mundo, como sí la encuentran los demás seres vivos que pueblan la Tierra. Esta clave consiste en el convencimiento de que el fondo del corazón humano comunica con un Origen trascendente de nuestro ser, que por ello recibe la calificación de lo sagrado, lo santo, el absoluto o fundamento, y que la progresiva fluidez e intensidad en esta comunicación es lo único capaz restaurar el déficit existencial de integridad que tanto nos azacana e inquieta. El humanismo se manifiesta, entonces, en un proceso temporal interno de liberación de nuestras adherencias al mundo en que vivimos, constitutivas de identidades ficticias, para dejar fluir sin restricción en el núcleo humano que nos constituye la corriente de Amor Cósmico que está en el origen lo creado. La consecución de la humanidad, consecuentemente, está a un nivel distinto de la consecución de la “perrez”, pues es paralela a la participación en la dinámica de un Don que lo fundamenta todo, cuyo modelo es Jesucristo, que nos abre cada día el regazo de un Padre común. En este regazo es donde desciframos nuestra auténtica identidad, y recibimos esa piedrecita blanca con un nombre nuevo grabado, el cual nadie conoce sino aquel que lo recibe (Ap. 2:17).

Solo me queda expresar mi agradecimiento a todos Vds. en nombre de la UIMP por su participación en este Encuentro, a su Director y al Secretario por promoverlo y organizarlo y a la Fundación Fernando Rielo por haberlo hecho posible. Espero que les haya aprovechado y que haya suscitado líneas de trabajo y de colaboración para el futuro, y que tengan la oportunidad de volver a este lugar privilegiado, enclavado en la Península de la Magdalena en Santander, para seguir compartiendo sus conocimientos y mejorarlos poniéndolos en común.


Procedemos a continuación a la entrega de sus merecidos DIPLOMAS y, con ello queda clausurado el Encuentro.

martes, 8 de agosto de 2017

Plataformas tecnológicas y "big data" aplicados a la medicina de precisión


Acto de clausura. Palacio de la Magdalena (Santander, 4/08/2017)

He sido  convocado, en sustitución del Rector, ausente hoy del Palacio de la Magdalena, para clausurar este importante encuentro sobrelas plataformas tecnológicas de apoyo a la investigación biomédica que conforman la Red de Recursos Biomoleculares y Bioinformáticos ProteoRed-ISCIII. Es él quien podría intervenir a la altura que merece este foro científico, no solo por su condición de Rector de la UIMP, sino por su cualificación académica e importante trabajo de investigación en la materia.
Pero aleatoriamente soy yo, en mi condición de Vice-Secretario General, quien vengo, revestido del color de la purpura, a despedirles en representación de la UIMP, ubicada en este entorno excepcional, en donde espero que les haya aprovechado su estancia, que hayan progresado en sus conocimientos y hayan podido abrir líneas de colaboración en el futuro.
Nada les puedo aportar desde el punto de vista científico a su objeto de estudio e investigación, pues mi dedicación es la Filosofía del Derecho, pero si les diré que en el pasado tuve la ocasión de estar en una Comisión de Evaluación de un proyecto presentado por un consorcio de instituciones académicas y de la industria farmacéutica, que aspiraba a obtener una cuantiosa financiación por la Comisión Europea, denominado BIOBANK, con características análogas a la cuestión que ha sido objeto de este encuentro en La Magdalena. Pero yo formaba parte del panel de evaluación, junto con otro colega, como Ethical Expert, lo que supuso una incómoda presencia entre los otros 8 científicos que formaban el panel de expertos, ya que mis intervenciones se reducían a preguntas que eran evidentes para todos, o a plantear objeciones “éticas” a sus avanzados objetivos “científicos”.
Y es que la vida es un objeto de investigación y conocimiento que no se aviene bien con las exigencias de rigor propias de la ciencia convencional, que aspira a desvelar las leyes universales que rigen los fenómenos del Cosmos físico. Si parece legítimo aspirar a conocer las leyes constantes que rigen el movimiento de los astros, la dinámica de los fluidos o las propiedades de la luz, la vida se resiste a desvelar el modelo abstracto que rige su forma de manifestarse. Contrariamente al “vitalismo”, inaugurado por Hans Dietrich, para quien la vida es un volátil posado en una porción de materia que produce su animación y que denominó entelquia, un término que, según el diccionario, solo existe en la imaginación y es una mera suposición refractaria al conocimiento científico,  hay que afirmar que la vida es un movimiento. Vita in motu dijo Aristóteles, y Vita viventibus est esse, el movimiento es el ser de los vivientes, según una peculiar autonomía en la dependencia que se sustrae de los procesos causales propias del mundo físico. Por eso, el conocimiento de la vida se escapa a la abstracción propia del conocimiento que aspira a establecer las leyes universales que rigen los fenómenos, pues la vida es el viviente y su conocimiento se desenvuelve según generalizaciones cuya validación no está asegurada como lo están las formulaciones universales propias del método físico-matemático. No se puede establecer universalmente el funcionamiento del hígado porque no existen dos hígados iguales, como sí es igual el goteo de un grifo mal cerrado. Esta peculiaridad de la vida como objeto de conocimiento no solo afecta al trabajo de los científicos, sino también a los cultivadores de las humanidades, y eminentemente a los juristas, pues si la vida es lo que, por su valor, el Derecho garantiza, el derecho fundamental a la vida debería formularse como un derecho fundamental del viviente a su propio organismo, y no como un supuesto derecho de un organismo vivo a su animación, basado la ficción vitalista. Consecuentemente, el entendimiento ajustado de la vida cambiaría el variado esquema de derechos que ahora se vinculan al grado de desarrollo del organismo, según la falaz distinción entre pre-embrión, embrión o, según exige el Código Civil para el reconocimiento de la condición de persona, “haberse producido el entero desprendimiento del seno materno”, unificándolo cabalmente en el viviente en cualquier fase de su crecimiento. Permítanme, debido a esta confusión con consecuencias nefastas para la protección de la vida, terminar esta breve intervención con el comentario que hace tiempo escuché a un afamado jurista, cuando dijo que “si es cierto que las leyes reflejan la sabiduría de un pueblo, también lo es que pueden manifestar su profunda estupidez”.

Tras esta breve reflexión, solo me queda agradecerles a todos su participación en este encuentro, a sus directores su organización y al Instituto de Salud Carlos III su contribución haciéndolo posible. A continuación, vamos a hacer entrega de sus merecidos diplomas y, con ello, queda clausurado el encuentro.

viernes, 28 de julio de 2017

Muerte, cenizas, resurrección


Inauguración de la XVIEscuela de Teología Karl Rahner-Hans Urs von Balthasar
Palacio de la Magdalena (Santander 24/07/2017)

“Muerte, cenizas, resurrección”

Buenos días,

Les doy la bienvenida a todos Vds. al Palacio de la Magdalena en nombre del Rector, en donde van a participar en este decimosexto encuentro que celebra la Escuela de Teología Karl Rahner-Hans Urs von Balthasar dentro del programa de verano de la UIMP, y que lleva por nombre “Muerte, cenizas, resurrección”.

Tiene la palabra el Sr. D. Ángel Cordobilla, director de la Escuela (…)

Muchas gracias por su intervención.

Celebro que me haya correspondido a mí representar al Rector Nombela, que a esta hora acompaña al Secretario de Estado de Educación, Formación Profesional y Universidades en la inauguración de otro Curso que se celebra en La Magdalena sobre la acreditación institucional de centros educativos y de investigación, motivo por el cual no ha podido estar aquí con nosotros.

Y lo celebro, no solo por ser una ocasión de volver a compartir mesa con su director, Angel Cordevilla, después del decimocuarto encuentro de la Escuela, que tuvo lugar hace dos veranos, sino también por la cuestión que es objeto de éste que comienza hoy: la muerte, y, en el orden teológico del saber, la resurrección, ya que ello me ha obligado a reflexionar y a renovar la conciencia de que voy a morir, un hecho que los modernos solemos olvidar en medio de la azacanada vida que llevamos.

Quidquid facies, réspice ad mortem. Cualquier cosa que hagas, contempla la muerte, dijo Séneca. Y parece que el memento mori, la consideración de la muerte, es lo que últimamente nos desvela el sentido de la vida.

Es evidente que si al morir me extingo, mi vida no es más que un acontecer trivial en la que yo no soy más que una sucesión de vivencias, con un origen y un final que están fuera de mi alcance, lo que convierte la experiencia que tengo de mí mismo en una mera ilusión. Decir Guillermo, en mi caso, tendría el mismo sentido que decir ¡hay! cuando me pillo un dedo al cerrar una puerta, según el lúcido análisis que hizo Wittgenstein en su Libro Azul.

Y no puede ser cierto, que el gozo que me produce la belleza del orden natural que gobierna el Cosmos, o la emoción que experimento por el amor que recibo, ni que mi admiración ante la profunda consistencia de lo real, no sea más que un chiste o una broma pesada.

Si desde el fondo, yo puedo medirme con la envergadura de lo real, en su inabarcable y original Verdad, Belleza y Bondad, por necesidad he de tener una consistencia que pueda establecerse en dualidad con el ser más radical, trascendiendo un principio y final meramente contingentes; y mis obras tener una potencial resonancia eterna que no sucumba ante la mordedura del tiempo.

Este es un Encuentro de pensadores cristianos, para quienes Jesucristo descifró, con su vida y su palabra, el sentido del dolor y de la muerte como tránsito a una vida nueva que podrá saciar nuestra ansia de plenitud. Les deseo que, reunidos en este entorno excepcional de la Península de la Magdalena, logren profundizar en el enigma de la muerte y que se susciten entre Vds. líneas de trabajo y de colaboración en el futuro. Por mi parte, termino repitiendo la última estrofa de la Carta que Juan Rufo escribió a su hijo siendo muy niño:

La vida es largo morir
y el morir, fin de la muerte;
procura morir de suerte
que comiences a vivir.



Con ello, queda inaugurada la decimosexta edición de la Escuela de Teología Karl Rahner-Hans Urs von Balthasar.

TESTIMONIO SOBRE LEONARDO POLO


Difícilmente puedo escribir un testimonio que esté a la altura de una persona que, sin apenas haberla tratado personalmente, intuitivamente y sin datos precisos considero un ejemplo de vida, un maestro y también un hombre de Dios. Por consiguiente, lo que digo a continuación no tiene otro valor que contar, a vuelapluma y con sincera espontaneidad, lo que el Prof. Don Leonardo Polo significa para mí. El mero hecho de acceder a testimoniar sobre el Prof. Polo en estas pobres condiciones señala la medida de mi admiración por su persona y su obra.

Conocí a Polo durante los años 1977 y 1978, cuando venía de paso al Colegio Mayor Montalbán y los residentes aprovechábamos para tener un encuentro dialogado con él después de cenar. Una de las mejores noticias que podía recibir en aquellos años era que ¡esta noche hay tertulia con Don Leonardo! Yo no podía de ninguna forma perdérmela, porque desde la primera en la que estuve, su presencia -para mí muy grave, pero desenfadada a la vez- y la luz que encendían en mi interior sus palabras, tanto en comprensión de los temas que se abordaban, como en entusiasmo, no era comparable a nada, ni siquiera a las extraordinarias pláticas de Don José Benito en la capilla del Colegio. Además, las tertulias con él siempre estaban salpicadas de carcajadas, sobre todo cuando iban llegando al final, y para mí era impresionante ver a esa figura con tanta autoridad moral desternillarse de risa. Ahora, pasados los años, estoy convencido de que él disfrutaba tanto en esos encuentros con nosotros, no tanto por que por lo que contaba a unos pelanas, sino por el mero hecho de estar con un grupo de jóvenes con el corazón abierto a la Verdad, a la que él sirvió humildemente, pero como un coloso, toda su vida. En encuentros académicos en los que más adelante coincidí con él como ponente apreciaba que su rigor intelectual no se avenía bien con la admiración que recibía por sus conquistas teóricas. Polo era un auténtico siervo de la Verdad, con afición a “ocultarse y desaparecer”.

Después de este rastro que Polo dejó en mí, durante mi carrera académica en el ámbito de la Filosofía del Derecho, siempre que tuve ocasión, acudía a escucharle y, en la medida de lo posible, a hacerle alguna pregunta si le pillaba entre una y otra conversación con la gente, ya que en el ámbito académico Polo siempre ha sido una celebridad. Me acuerdo que cuando estaba estudiando el tema de la autonomía moral individual le asalté con una rápida pregunta sobre Kant por algún pasillo, y, volviéndose, me dijo que la autonomía de Kant “era un churro”. En otra ocasión le pregunté sobre alguna fuente consistente para conocer la filosofía analítica inglesa, en la que andaba bastante perdido con sus alambicales razonamientos, y me dijo que leyera a Anscombe: “esa sí que los conoce bien”. Desde entonces ya no me separé de ella, aunque seguí tan alambicado como antes, pero con la seguridad de que ya no estaba perdiendo el tiempo. Ja. Una vez le escribí una carta, por si podía enviarme un escrito suyo no publicado, a la que recibí una muy amable contestación con el escrito que le pedía. Disfruté mucho leyéndolo porque eran unos apuntes de algún oyente de sus clases, corregidos con su letra minúscula, escrita con pluma de trazo gordo.

Mi último encuentro fue, hace pocos años, en el IESE de Madrid, donde tuve la suerte de almorzar con él y otros comensales en la misma mesa. Me marché encantado de haber vuelto a coincidir con mi “maestro a distancia”, ya que no tuve la suerte de ser, como se diría ahora, alumno suyo “presencial”. En ese mismo encuentro me impresionó el abrazo que se dio con Jacinto Choza, otro pensador que conozco y admiro, por su cercanía en el trato y la envergadura teórica de sus escritos. Ese acto manifestó para mí una amistad abismal, como pocas veces he visto o experimentado en mi vida.

Mi admiración por el Prof. Polo se convierte en veneración si tengo que referirme a sus escritos. Debido a mi especialidad, no me he dedicado full time a penetrar en el núcleo de su pensamiento filosófico, un empeño que creo apto sólo para quienes son filósofos de raza, ni tampoco ejercido su método de abandono del límite mental, que para mí podría asemejarse a alcanzar un estado místico. Pero sí le he dedicado tiempo a estudiar sus observaciones sobre cuestiones que directamente afectan a mi disciplina, como por ejemplo el “derecho fundamental a la vida”. Después de estudiar sus escritos sobre la vida, he podido proponer su adecuada formulación como un “derecho fundamental del viviente a su propio organismo”, lo cual echa por tierra todas las argumentaciones que justifican un trato jurídico desigual del nasciturus según las etapas del desarrollo desde que es concebido. O su calificación como “socialista con tendencia individualista” de John Rawls, invirtiendo así la convicción de la generalidad de la academia, que lo considera el referente actual del debate liberal sobre la Justicia.

Fui a su funeral en Madrid, en el oratorio Caballero de Gracia, para unirme a la oración por su alma y encontrarme con mis amigos “polianos”, pero asistía convencido de que estaba en un flipped context, usando la denominación de la educación más avanzada, en el que era él quien intercedía por nosotros, porque tengo una certeza interior de que falleció con un pasaporte para el Paraíso. Por eso me referí al principio de este testimonio a “lo que Polo significa para mí” en vez de “lo que significó”, porque este hombre sigue presente en mi vida, no sólo a través de sus escritos, sino como devoto suyo, en cuyas manos suelo poner mi comprensión de los textos crípticos de los que a veces me tengo que ocupar, y que, por mucho los fatigue, no alcanzo a entender del todo bien.